miércoles, 28 de noviembre de 2007

Vamos a contar mentiras



Iba yo a un poco de velocidad, pero esquivando a la gente con gran pericia y hete aquí que me informan de que tengo que salir de allí, que en los pasillos de un centro comercial no se puede... ¡no hay vergüenza! Sobre todo porque lo anterior no es cierto. Yo iba andando con la bici a mi lado: qué manera más increíble de molestar. Y por otra parte qué manera más eficaz por su parte de favorecer el desplazamiento en vehículos contaminantes.

Y mi perro cagaba y cagaba, qué iba a hacer el pobrecico. Y me dijeron que aquello era una plaza para personas, para niñas que juegan... y mi perro ¿qué? ¿dónde están los servicios para perros? Yo estaba indignado, pero es que lo dicho no es cierto: yo intento evitar que mi hija no pise, no se caiga sobre, no interaccione con cacas. Qué cultura, qué primer mundo, nos podemos permitir alimentar a animales domésticos pero no somos capaces de reaccionar si el pobrecico se nos caga en la calle.

Y qué ganas tenía de fumarme un cigarrito... con el frío que hace yo me lo fumo aquí mismo, en el trabajo por qué no, en el ascensor por qué no... es mi derecho, quién tiene qué decirme qué hacer con mi propia, oiga, propia salud. Pero esto vuelve a no ser cierto. Tengo que sumergirme en humos ajenos de continuo... las leyes no funcionan bien. Con todo lo que más me preocupa es que no funciona bien el sentido común (sí, ése gran desconocido).

Alguien que mucho me quiere me informa, me advierte de que cada vez más me asalta la vena “retropureta”. Y tiene razón. No dadme, por favor, más razones.

Que pase lo que he escrito no me amarga... es más bien una (auto-) invitación a la reflexión.

No hay comentarios: